PATRICIA MIANI

La pintura es una substancia de por sí sensual y seductora. Hay grandes artistas que han intentado la imposible tarea de contrariar esa cualidad (pienso en Wilhelm Sasnal o en Eduardo Alvarez), produciendo obras secas, duras. Pero es una tarea dura.

Si abrís una lata de esmalte sintético de 4 litros, rojo ponele, el círculo de color que aparece es de una brillantez y una intensidad embriagadoras. Y si le agregás un chorrito de verde y otro de blanco por ejemplo, las gotas nítidas al principio y luego la infinita variedad de matices que van apareciendo al mezclar lentamente los colores es una de las formas de la felicidad.

Esa misma felicidad, en el extremo opuesto a Alvarez en la escala, propone Miani con su trabajo. Es una celebración de las cualidades ópticas y estimulantes del color, sí, pero también de la pintura. Esto es posible experimentarlo también, y para generar un poco de intriga, en un trabajo reciente de Patricia que no aparece en esta página que es ¡gris!. Al observar sus trabajos es posible seguir a la artista en la acción de depositar y manipular la pintura sobre la superficie y en las sutiles transformaciones que los colores experimentan al combinarse. Miani habla siempre de la naturaleza como inspiración de su trabajo. Y eso son sus pinturas, sin duda, y son paisajes también. Pero son paisajes de ensueño. De una latente narratividad.

Tengo para mí que las pinturas de Miani, son los estados emocionales de historias que nunca serán contadas. El paisaje de fondo de cuentos de hadas, despojados de toda anécdota.

 

 

PABLO SIQUIER

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Chrysalide discurre a través del movimiento entre imagen y signo. El arte, considerado históricamente en la denominada “tradición occidental” quedó confinando a las expresiones artísticas del mundo colonial como algo marcado por la debilidad, tanto representacional a través de distintos signos como imaginaria en su presencia ritualista. El ritmo de la creación artística era marcado por aquella tradición -todavía hegemónica-. La alteridad, expresada en música, danza, alfarería, diseños textiles, era reducida a lo folklórico. Con estos cánones, según los períodos conocidos, no entraba en discusión la dualidad naturaleza-cultura.

Simplemente lo diferente de estas expresiones sígnicas y simbólicas estaba más próximo a lo religioso, también presidido por la lectura dualista de lo primitivo, sin ver que esa ontología de ser en realidad era que hacía, se configuraba en la resistencia cultural de otra que era negada, invisibilizada, inferiorizada, sobreviviente de fronteras en los cruces culturales, nunca ocupando el centro mismo de las acciones humanas plenas. La inversión que plantea una proyección de la imaginación artística hacia la extensión de lo “natural”, interroga y cuestiona esa dualidad, complejizando dónde está el referente, intentando reunir la totalidad siempre en transformación objetiva y subjetiva.

 

 

HÉCTOR MARTEAU